Un debate encendido

Un debate encendido

Páginas vistas en total

miércoles, 18 de julio de 2012

¿Qué es el café para todos?




Hace casi cuatro décadas moría el dictador Francisco Franco. España quiso dejar atrás un pasado oscuro y emprendió decididamente su transición hacia la democracia. Un proceso arduo que no estuvo exento de amenazas reaccionarias, y  donde las fuerzas más representativas supieron hacer las concesiones oportunas para emprender el camino adecuado para cimentar un Estado de derecho, basado en la división de poderes, el pluralismo político, las libertades públicas y los derechos sociales equivalentes a cualquier estado del bienestar del mundo avanzado.

            La élite política que conduciría el proceso era el núcleo de Adolfo Suárez y la futura UCD,  que representaba al sector reformista de la clase política franquista, decidida a transformar el formato del régimen, como a su vez ansiaba (desde la calle) la oposición antifranquista desde 1939.

 Una vez celebradas las primeras elecciones democráticas (1977) y aprobada la Carta Magna (1978), el sistema político español pasó a homologarse con las democracias europeas. Con todo, el proceso arrastró algunas imperfecciones de forma, para quienes habían esperado una auténtica ruptura ("ruptura democrática") con el pasado, ya fuese desechando a un jefe del estado legitimado por las Cortes franquistas (el monarca actual) o negando la amnistía para personas con responsabilidades políticas durante la dictadura.

            El nuevo sistema esquivó la forma de gobierno republicana básicamente por el rechazo amenazador del búnker político y el alto mando del Ejército español, plenamente identificado con los principios del Alzamiento del 18 de julio de 1936. El chantaje de un golpe militar fue efectivo al respecto.

             Simultáneamente, se procedió a una descentralización del Estado, de formato unitario y centralista. En la España de los años 70 existía un sentimiento favorable al autogobierno, especialmente en las regiones con una experiencia anterior de autonomía, como había sido el caso de Catalunya, el País Vasco y Galicia. Los anhelos de autogobierno eran una realidad y el país no podía pasarlos por alto si pretendía afianzar el nuevo sistema, a pesar de que el derecho a la autodeterminación como tal quedaba vetado y la Constitución se encargó de precisarlo al afirmar y confirmar en su articulado el carácter indivisible de la Patria.
Sin embargo, la descentralización siguió un plan homogéneo para todas las regiones. La clase política acabó rechazando un modelo asimétrico que, imitando al de la Segunda República, concediera la autonomía exclusivamente a las nacionalidades históricas. Al generalizar el hecho autonómico a todas las regiones de España (hasta entonces meras entidades geográficas) se evitaba reconocer la singularidad de aquellos territorios. Difuminando el "hecho diferencial", España pasaba a realizar el plan ya conocido del “café para todos”, a su vez reforzado por un sentimiento de agravio comparativo  que empezó a extenderse en algunas regiones como Andalucía y que quedó resumido en la máxima de “no más, pero no menos que nadie”. Pese al restablecimiento de entidades históricas como la Generalitat catalana, cuya legitimidad provenía directamente de la experiencia republicana dinamitada por Franco, nuevamente, España huía de la República.

Asimismo, el diseño autonómico contó con un trabajo de fontanería a la hora de distribuir las provincias entre las futuras comunidades autónomas. En palabras del ex ministro del régimen Martín Villa, "se tenía que procurar el  contrapeso a las regiones periféricas con el de las regiones mesetarias".Dicho de otro modo, había que asegurarse que ni Catalunya ni País Vasco extendiesen sus dominios a la comunidad valenciana o Navarra, respectivamente, a la vez que se intentaba forzar al máximo las fronteras de las dos Castillas.

Para acabar de afianzar el "café para todos", con el artículo 151 (propuesto por el Ministro para las Regiones) se abrió la “vía rápida” para acceder a la autonomía aquellas regiones que, mediante un referéndum, expresasen la voluntad de conseguir un techo competencial equivalente al reservado inicialmente a las nacionalidades históricas. De manera definitiva, España huía de una descentralización asimétrica (con singularidades) y conseguía difuminar el “hecho diferencial”. Mientras la República quedaba enterrada, los españolistas quedaban menos satisfechos que conformes. Como resultado, tazas para todo el mundo y un café a disgusto de todos.

MÁS INFORMACIÓN RELACIONADA CON LA ENTRADA EN:

·Así empezó el café para todos (artículo de Enric Juliana para La Vanguardia, 2011)
·Entrevista al Ministro de las Regiones (Noticiario Centro de Andalucía, 2012)
·Història del café para todos (vídeo del canal autonómico TV3, 2011)

2 comentarios:

  1. El término "nacionalidades" lo introdujeron los constituyentes y no tiene precedente en ninguna Constitución española, para contentar a los nacionalistas y a su vez eliminar la comunidad nacional española. Una irresponsabilidad en toda regla que consintieron los partidos mayoritarios.

    Nacionalidad solo es la española e históricas son todas las regiones.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. España es lo que es: un estado sin nación compuesto por naciones sin estado. Apa, a fer la mà.

      Eliminar